Inmigración

Estoy bien, acabo de llegar a mi apartamento de Lausanne. Durante todo el trayecto en metro entre la estación de tren y mi parada, una persona no ha parado de señalar a los inmigrantes, gritando que somos escoria, que traemos lo peor a Suiza, que somos pederastas, que abusamos y matamos a bebés, que tenemos sexo con animales, que tenemos una cultura de salvajes, incluidos los europeos.

Tres personas lo han confrontado en diversos momentos: un chico joven que intentaba dialogar con él y le ha pedido respeto; una mujer que le ha instado a que se guarde sus opiniones para sí mismo; y otro hombre que ha explotado y le ha dicho que basta ya. Les ha escupido a los tres, acusándolos de proteger a esta escoria que hace salvajadas y degrada el país, entre otras muchas cosas.

Ha continuado gritando y diciendo de las suyas mientras me miraba directamente a los ojos desde la distancia. Finalmente, ha bajado en la misma estación que yo; nos hemos cruzado, pero no me ha dicho ni hecho nada más.

Esta es una de las muchas consecuencias de normalizar e incluso votar por ciertas posiciones políticas, de consumir día sí y día también noticias que no informan, sino que incendian y provocan, diseñadas para captar nuestra atención y promovidas por redes sociales, grupos de WhatsApp o similares, aplicaciones/webs con selecciones automáticas de noticias, etc. Esto es lo que ocurre cuando se vuelve habitual escuchar en comidas familiares comentarios racistas de personas que dicen no ser racistas.

Soy un inmigrante, no vivo en mi país desde hace unos 15 años, llevo conmigo una cultura diferente, hablo con errores en todos los idiomas que no son mis lenguas maternas, me cuesta entender y hacerme entender, tengo un acento extranjero e incluso, en más de una ocasión, cuando visito mi propio país me identifican como extranjero por mi aspecto físico.

He estado en el extranjero con contratos de trabajo a tiempo completo y parciales, pero también he estado sin trabajo; incluso me he beneficiado de ayudas sociales en alguna ocasión. Soy una de esas personas a las que se acusa de los problemas de la sociedad, de abusar del sistema, de traer costumbres diferentes y ensuciar la pureza de la cultura local. Familiares y conocidos sostienen estas ideas, a la vez que me señalan como la excepción. Según su perspectiva, mi caso es diferente, yo no voy a hacer daño, yo no intento realmente abusar del sistema, yo tengo trabajo… ¡Qué afortunados que conocen justo al inmigrante que es el bueno entre tanta mala hierba!

¿Y si paramos de fomentar todo este odio? No soy una excepción, no soy especial, no merezco ni más ni menos respeto que otros tantos inmigrantes por el mero hecho de no haber nacido y crecido en un determinado lugar. Sí, nuestra sociedad afronta muchos problemas, pero no, no hay una solución fácil ni un único culpable de absolutamente todos los males. Basta ya de simplificar a niveles absurdos el sistema complejo del que todos formamos parte.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *